El mastodonte de Güija

Ernesto se levantó y se dirigió a la pequeña vitrina. La abrió muy despacio e introdujo su mano derecha y con un pequeño esfuerzo alcanzó la muela petrificada.

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustracaión: Mely.

– ¿Qué estás pensando, Ernesto? le preguntó Alicia, un tanto preocupada.

– No, no estoy pensando. Estoy recordando muchas cosas pasadas y todo lo que se preocupa la gente cuando los años se les vienen encima y no se dan cuenta.

– ¿Y a qué se debe esa nostalgia?

– Bueno Alicia, muchos amigos hacen recuentos de que si tú viste los programas de Aniceto Porsisoca, ya andas por los sesenta años y que en esa época tú servías de control remoto para cambiar el canal del televisor, que era aún en blanco y negro.

Eso exactamente nos pasó a nosotros, a mis hermanos y a mí, allá en mi pueblo de las Minas. ¡Algún día voy a regresar!

Si te acuerdas, la casa de mis padres tenía un corredor largo y ancho y en él estaba instalado un televisor en blanco y negro donde la gente veía esos programas, pero eso no es todo, ahí se vendían helados que se hacían en un refrigerador de gas. Cinco centavos de colón le costaban a la gente la función de la noche. Yo tenía quizá, como diez años entonces.

– Oye Neto, esa fue sin duda para ti, una muy buena época; siempre se nota en algunas cosas que haces, tus buenos recuerdos de infancia, como en la canción Dichoso fui, que dices: dichoso fui cuando estaba con mis padres, en otras cosas.

– Ven Alicia, siéntate conmigo. Mira, todo esto se debe a que he estado observando esa pequeña vitrina que está junto a la puerta al pasado. Así le llamo yo a esa vetusta puerta que era de la casa de mi papá.

– Al “Curio”.

– Si, a él. Si te fijas, ahí hay muchos fragmentos de cerámica que extrajimos del cementerio indígena de allá por San Francisco Guajoyo, en la carretera a Metapán.

– Claro, aún están las cuentas del collar de jade todas despulidas; algo han de valer ¿verdad Neto?

– Por su puesto y con todas las otras piezas, es más valiosa esa vitrinita.

– Pero ahí hay algo bien importante y que para la mayoría de personas no significa nada.

– ¿A qué te refieres Neto?

– La muela Alicia, el molar petrificado que posiblemente sea de mastodonte.

– Esa es antiquísima.

– Me la regaló mi hermano, Nando. Dijo que se la regaló un señor que la había encontrada en unas perforaciones que hacían de la CESSA, allá en el Ronco, en Metapán.

Ernesto se levantó y se dirigió a la pequeña vitrina. La abrió muy despacio e introdujo su mano derecha y con un pequeño esfuerzo alcanzó la muela petrificada, tenía el color y consistencia de la piedra de cal o caliche, era pesada y muy lisa, unas tenues vetas blanquecinas decoraban el fondo gris de la muela.

La tomó en sus manos y la miró fijamente. En ese momento le sucedió algo raro, insólito y transcurrió quizá en breves segundos, porque Alicia no se enteró ni observó nada sospechoso, hasta que Ernesto arrojó la muela en un acto inexplicable.

– ¿Qué pasó Neto, le dijo Alicia?

Con palabras entrecortadas le medio contestó, tomó asiento y entonces le explicó:

– Mira Alicia, esa muela de mastodonte quizá está embrujada o es por haber estado tanto tiempo junto a los misterios de esas piezas indígenas.

– Sí, pero ¿Qué pasó? ¡Cuéntame ya de una vez!

– Cuando tomé la muela con las manos, me transporté a otro mundo; no, no era otro mundo, era otra época, pero una época muy antigua, no de sesenta o setenta años atrás. ¡Qué belleza Alicia! ¡Era fantástico!

– Y ¿Qué viste u oíste? ¡Dímelo ya!

– Bueno mi querida Alicia, esos si han de haber sido tiempos maravillosos, imagínate nada más: yo estaba o sentía que estaba en lo que ahora podría ser Metapán; era una planicie grande, azul, un azul limpio con pequeñas olas que reflejaban la luz del sol.

Todo estaba rodeado de un bosque tupido, denso, con un verde oscuro que se esparcía al alejarse de la orilla del inmenso lago en cuyas orillas, había múltiples sauces llorones con sus ramas antiguas que bebían el agua limpia y pura del gran lago.

Los rayos del sol resaltaban el verde amarillento de sus hojas llenas de vida. Seguramente Alicia, la laguna de Metapán y el lago de Güija eran un solo lago hace muchos, pero muchos años.

– ¿Y qué tristeza da verlos ahora, verdad Neto?

– Claro. Los humanos somos destructores, no cuidamos el ambiente donde vivimos. La pobre lagunita toda contaminada ya casi desapareciendo; todo está medio soterrado y la gran contaminación con las aguas negras de Metapán, es muy triste. ¡Ya no se puede comer pescado de ella! ¡Qué barbaridad!

– Mira Neto, mejor cuéntame más de lo que viste.

– Tienes razón, es mucho mejor; eso no da tristeza. Pues como te decía, había un bosque espectacular rodeando a la gran mancha azul acogedora y allí llegaron unos animales que parecían elefantes, pero en realidad han de haber sido mastodontes, como los restos que descubrieron en Apopa.

Dicen que no son agresivos, pero cuando me vio, corrió hacia mí y entonces no tuve otra salida, corrí lo más rápido que pude y tiré la muela que tenía en las manos para aumentar la velocidad.

– ¿Y luego, qué? Dijo Alicia

– Nada, me encontré de nuevo aquí contigo.

Fue hasta entonces que Ernesto se percata que no tiene la muela del mastodonte.

– Alicia, Alicia ¿Y la muela?

– Hay Ernesto, si por poco quiebras la vitrina cuando la lanzaste todo agitado.

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