El maistro Chico

Una tarde platicaron y platicaron, entre trago y trago de puro café y bocaditos de quesadilla de San Juan Las Minas, por momentos se paraban en el patio de la casa y seguían plática y plática.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

El maistro Chico vivía en el barrio Santa Anita. A sus sesenta años lucía bien y con muy buena actividad física; pues el mucho caminar lo mantenía en forma. Era un hombre ameno, bromista y daba gusto entablar una conversación con él.

Lucía unos lentes marrones y siempre andaba una papa en la bolsa derecha de su pantalón.

Los lentes los usaba por esas cosas de la vida que le pasan a cualquier persona, en especial, cuando se dedica a la construcción. Él era maestro de obra y muy bueno; de los de antes decía él mismo y se reía, pero un día, sufrió un pequeño accidente mientras cortaba un hierro, una fracción diminuta de este, se incrustó en su ojo derecho y ahí empezó todo.

Con el tiempo perdió por completo la vista de ese ojo. Hizo todo lo que pudo para recuperarla, pero, le fue imposible. Hasta buscó la ayuda de un curandero y nada. Lo único que logró fue la papa que andaba en el bolsillo, pues el curandero le dijo que, no pudo recuperar la vista, porque era víctima de un maleficio, un mal que le habían hecho y que, por eso, era muy conveniente que siempre, siempre; anduviera con una papa en la bolsa.

Ella sería capaz de absorber cualquier mal futuro que le quisieran hacer, toda la energía negativa y así lo hizo, solo para dormir se separaba de ella, pero eso sí, estaba pendiente de colocarla en la mesita de noche que tenía junto a su cama.

Pasó el tiempo y se adaptó perfectamente a mirar con un solo ojo y cuando algún curioso le preguntaba la causa de su problema, le respondía que había sido por cuestiones de trabajo, un accidente.

Hoy ya estoy acostumbrado, poco a poco fui perdiendo el ojo decía y se reía. Lo que más me duele no es haberlo perdido, si no el no saber dónde lo perdí. Ahí sí, se tiraba una carcajada que hacía reír a cualquier preguntón.

Cuando al maistro Chico se le casó su nieta favorita, la pasó súper bien. Estaba muy feliz, se le veía muy contento, sobre todo, porque ya se había tomado un par de tragos. De pronto, se acercó al afortunado esposo, cambiando su sonrisa por una seriedad pocas veces vista en su persona.

– Mira Jovencito, le dijo, esta noche te has llevado a mi nieta preferida. Yo la quiero mucho y te voy a pedir que la cuides, la respetes y sobre todo; la ames mucho. Ella es dulce, tierna y muy cariñosa y tú, en el poco tiempo que tengo de conocerte, pareces buena persona ¡Espero no equivocarme! Por eso de ahora en adelante te voy a considerar como si fueras mi yerno.

Se da la vuelta en retirada y vuelve a ver a su yerno y le dice: un bisnieto no me caería mal. Y se ríe: Jua jua jua, jua jua.

El maistro Chico, con el tiempo, desarrolló muy buena amistad con su nuevo yerno, era tanta que, cuando los visitaba, llegaba y preguntaba más por él, que por su nieta favorita.

Una tarde platicaron y platicaron, entre trago y trago de puro café y bocaditos de quesadilla de San Juan Las Minas, por momentos se paraban en el patio de la casa y seguían plática y plática.

El maistro Chico lo aconsejaba en medio de sus bromas y esa vez después de agradecerle por su nuevo bisnieto a quién él llamaba Ocán, le dijo: en un hogar siempre hay una cabeza en la familia y yo veo que la tuya está funcionando muy bien. Siempre hablá con mi nieta, compartan todo lo que puedan; para eso se casa uno, para compartir.

Una familia, una institución o lo que sea, lo puede tener todo; pero si le falta la cabeza, no funciona.

El yerno lo escuchaba muy atento asintiendo con su cabeza a todos los consejos que le daba. Mira, por ejemplo: aquí no más, en la avenida Francisco Menéndez, allá abajito, está el cuerpo de bomberos. Ese grupo de personas lo puede tener todo: buenos camiones con escaleras automáticas, hasta agua en los hidrantes- qué casi nunca hay- todo. Todo puede haber, pero como solo está el cuerpo de bomberos, no funciona. Muchos ni saben dónde está la cabeza.

A penas terminó de decir cabeza y se echó la carcajada. El padre de Ocán se le quedó viendo y no tuvo mas que reírse.

Mira, le dijo. El cincuenta por ciento de lo que te he dicho, es cierto y el otro cincuenta, también. Su nieta, la joven madre, dulce y tierna con su pequeño Ocán, al ver lo bien que se llevaban, le dijo a su esposo:

– Te regalo a mi abuelo; ¡ya es más tuyo que mío!

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