El maistro Chico y el secuestro (III)

Bájenlo aquí compañeros, les dijo y se detuvo en una calle amplia que estaba algo cerca de una iglesia. Por lo menos, que le cueste regresar a su casa. Sin quererlo, lo habían dejado frente a su casa.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Casi toda su vida la vivió en el barrio Santa Anita, pero en los últimos meses había adquirido una casa muy bonita, grande y espaciosa en San Miguelito, algo cerca del mercado del mismo barrio y del antiguo local del cine Fausto.

Ahí pasaba durante el día, pues estaba en proceso de su traslado definitivo. En esos días, remodelaba una casa en esa misma zona y había contratado nuevos trabajadores. Era evidente que el maistro Chico había progresado mucho económicamente, pues el trabajo de la construcción, remodelación y venta de casas, le había dado buen resultado.

Un sábado por la tarde, después de pagarles a sus trabajadores, recibió el susto de su vida. Ya cuando todos se habían alejado de la construcción, el maistro Chico se quedó unos minutos observando el avance de la obra. Cuando se disponía a abordar su camioneta verde, casi nueva; dos señores se le acercaron y le preguntaron la hora.

Al momento de agachar su cabeza para ver el reloj, lo tomaron de los brazos y le dijeron: ¡hoy nos vas a acompañar! y sacaron un revólver cada uno de los maleantes.

El maistro Chico iba sumamente asustado ¡nunca, jamás podía suponer o imaginar que le podría pasar algo semejante! y lo peor fue cuando lo encapucharon.

No miraba absolutamente nada, sus piernas le temblaban de miedo e incertidumbre. Caminaron unos cuantos metros y lo subieron a un carro que inició un recorrido desconocido para el maistro Chico, pues además de ir encapuchado, el carro daba vueltas, cruzaba calles y esquinas para que la víctima no pudiera en lo más mínimo, determinar por dónde iba.

Los secuestradores comenzaron a platicar y a exigirle al maistro Chico, un teléfono de la familia.

– No tengo teléfono les decía. Acuérdense que ANTEL no funciona, o al menos eso quieren que uno piense porque lo quieren privatizar. Yo vivo hace un par de meses en mi nueva casa y no puedo comunicarme con mi familia.

Entonces habló el conductor del vehículo:

– Bueno don Francisco, si no podemos llamar a su familia ya no lo volverán a ver. ¡Usted, paga o se muere!

– Pero ¿qué les puedo pagar si acabo de pagarle a los trabajadores? Hoy es sábado. Tarde pillaron, les dijo.

Entonces recalca el maistro Chico. Tu voz me parece conocida. ¿No será que trabajaste conmigo? le dice al conductor. Yo, es cierto, perdí un ojo hace mucho, pero tengo una memoria auditiva como nadie y la tuya me recuerda a Julio, el que despedí por llegar muy tarde y por irse temprano.

– Se equivoca señor, le dijeron los otros dos delincuentes que llevaba a su lado. El compañero no se llama Julio y tampoco vamos a caer en la trampa de decirle quien es.

– Mira Julio, le dijo el maistro Chico, mejor déjame por algún lado, aunque sea perdido lejos de mi casa; pero dinero difícilmente lo tendrás conmigo. Ahorita no tengo nada y sacó las bolsas de su pantalón y mostró su billetera vacía. Teléfono no tengo, ustedes ya deberían de saberlo.

Los tres delincuentes se vieron unos a otros y se hacían gestos como diciendo “y ahora, ¿qué hacemos?”.

Siguieron recorriendo la ciudad hasta que, por fin, el supuesto Julio le dijo: tienes suerte viejo, esta vez te salvaste.

Bájenlo aquí compañeros, les dijo y se detuvo en una calle amplia que estaba algo cerca de una iglesia. Por lo menos, que le cueste regresar a su casa.

Antes de bajarlo le advirtieron: lo dejaremos aquí, pero no se quite la capucha hasta que nos hayamos alejado y no oiga el ruido de nuestro carro.

El maistro Chico asintió con la cabeza y les dijo: no se preocupen, solo váyanse rápido.

Lo Bajaron y permaneció parado siguiendo las instrucciones al pie de la letra. Pasaron unos tres minutos y el maistro Chico se quitó la capucha y medio mareado, comenzó a ver para todos lados para poderse orientar.

Tocó la puerta de una casa y cuando le abrieron, resonó una carcajada que impresionó a la persona que abrió la puerta.

– Mira mujer, dijo el maistro Chico; me acaban de liberar unos secuestradores. Me dieron vueltas y vueltas para perderme y los idiotas, me dejaron ni más ni menos que en frente de mi propia casa.

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