El maistro Chico (parte I)

Un día, después de una larga faena, Leonardo estaba muy cansado y hambriento, pero, sobre todo, ham-briento. Se le veía apresurado, devorando con mucho entusiasmo sus alimentos.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración Mely.

Los trabajos de remodelación y mejoramientos de casas que tenía el maistro Chico, le implicaba tener, al menos, un empleado de confianza y de forma continua.

Así, Leonardo se había constituido en su mano derecha y casi era un miembro más de la familia, tanto que muchas veces almorzaba junto a ellos.

Un día, después de una larga faena, Leonardo estaba muy cansado y hambriento, pero, sobre todo, hambriento. La esposa del maistro Chico, le había servido un plato muy abundante, demasiado para una persona de la complexión física que él tenía. Se le veía apresurado, devorando con mucho entusiasmo sus alimentos. El maistro Chico se le acercó y al verlo, le dijo:

– Se ve como si no hubieras comido en muchos días, Leo.

– Es que tenía mucha hambre, maistro Chico.

– Pero, ¿te gusta el almuerzo?

– ¡Claro! La niña Rosa es muy buena para cocinar. Le da un buen toque a las comidas.

En ese momento se acercó la señora del maistro Chico y les dice:

– ¿Qué están hablando de mí?

– Nada niña Rosa. Solo que es usted muy buena para cocinar.

– Más te vale Leo, porque yo te traía un poco de fresco de ensalada. ¿Te cabe, todavía?

Leo, se pasa su mano derecha por el estomago y con una sonrisa le contesta:

– Me cabe ese vasito y tal vez otro más niña Rosa.

– No hay duda que eres tragón Leo, le dijo, el maistro Chico. Espero que todo se te haga sangre

Leo levantó su mano, abrió y extendió los dedos y con la otra palma se golpea suavemente.

– Mire maistro Chico, rojito, rojito. Aquí no hay nada de anemia. ¡Nunca, oiga bien, nuca he padecido de anemia! Mire aquí también, le dice, y se baja con el índice de su mano derecha el parpado inferior del ojo, rojito, rojito.

– No, yo no lo digo por eso. Mi deseo es para que no gastes mucho en papel, mi estimado Leo.

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