El diente de leche

Todas las alternativas caseras de extracción del colmillo de Ale se agotaron y no le quedaba otro recurso que el temible odontólogo, pero para disminuir el temor lo llevaron con una mujer, Silvia.

Por: Dr. Adán Figueroa.

Ilustración: Mely.

En el colegio de Ale, todos los niños del grado tenían entre seis y siete años y pasaban enseñándose los dientes y se reían.

Era común oír los comentarios del trabajo que tenían los ratoncitos y las hadas, pues, siempre se decía según la tradición, que ellos se llevaban los dientes que dejaban debajo de las almohadas con la espera del regalo.

Pero un día todo empezó a cambiar y los dientes de leche que se les extraía a los niños, empezaron a ser utilizados como “dije” para collares o como aretes. Ambos eran decorados con piedras preciosas y quedaban como una verdadera joya.

Glorita, la mamá de Ale, lucía unos aretes fabulosos y con ellos impresionaba a todo mundo, pues al ver resplandecer sus decoraciones, nadie se podía imaginar que el principal material de que eran hechos, provenía de los dientes de su hijo.

Un día, a Alex se le comenzó a aflojar el colmillo superior derecho y empezó la rutina que siempre se hacía: él se lo iba aflojando poco a poco hasta llegar al punto que los papás consideraban que ya se lo podían extraer, le ponían un poco de anestesia local y rapidito salía el diente con la esperanza de que lo colocaran debajo de la almohada. Pero este colmillo estaba bien arraigado, súper arraigado. Hicieron todas las maniobras posibles en casa y no se lo pudieron extraer.

Luego echaron mano de estrategias un tanto raras que nadie se explicaba o conocía el autor de semejantes ideas.

La primera vez le ataron un hilo fuerte al colmillo y con el otro extremo lo amarraron al picaporte de una puerta, por supuesto siempre se le aplicaba la anestesia, previo al procedimiento.

Dos personas sostenían a Ale y una tercera cerraba la puerta de un tirón.

¿Qué creen que pasó?

No, pues no pasó nada de lo esperado. El diente permanecía en la mandíbula de Ale, pero el picaporte de la puerta salió disparado.

Ale se resistía a que lo llevaran con un odontólogo, era un temor exagerado, aunque no tanto para su edad, pues hay muchas personas mayores que se atemorizan con solo mencionarles que tienen que consultar con el odontólogo.

Un día le dieron otra oportunidad de quitarle el diente en la casa. Pero ¿Hasta dónde habían llegado los papás con las ocurrencias? Es increíble a lo que sometieron al pequeño Ale por quitarle el arraigado colmillo.

De nuevo amarraron el diente con un hilo resistente, traído exclusivamente para estos propósitos, provenía ni más ni menos que de la India, un país lejano que exporta muchas cosas al nuestro, pero eso es otra historia.

Lo importante es que ese hilo era incapaz de romperse. Su otro extremo lo ataron al “bomper” del carro y una vez más sujetaron a Ale.

Como era lógico, todo mundo esperaba que ahora sí definitivamente el colmillo iba a salir disparado, pero no, no fue así, el hilo de la India fabricado para situaciones que requerían alta resistencia, ese sí, ese sí cumplió a cabalidad su tarea. No se rompió. Lo que realmente pasó fue que el “bomper” del carro no soportó la tracción y se cayó, produciendo un ruido que asustó a muchos curiosos.

Todas las alternativas caseras de extracción del colmillo de Ale se agotaron y no le quedaba otro recurso que el temible odontólogo, pero para disminuir el temor lo llevaron con una mujer, Silvia.

Una odontóloga del hospital Bloom, que se caracterizaba por jugar con los niños y poco a poco se ganaba su confianza y amistad, lo que le facilitaba su trabajo. Pero esta vez, el diente le salió duro. Pasó casi una hora tratando de extraer el colmillo, al que ella llamó canino; hasta que por fin salió con lentitud arrastrando una raíz enorme como nunca había visto en su larga experiencia.

Lo guardó para enseñarle a Ale el por qué había sido tan difícil su extracción, tanto que lo habían tenido que sedar o dormir para realizar el procedimiento.

Cuando Ale despertó, su madre y abuela estaban viendo qué iban a hacer con ese diente, un dije o unos aretes más.

– No, les dijo, este diente es mío y yo voy a decidir qué hacer con éste.

Todos se quedaron admirados de ver lo expresado por el pequeño de seis años. Se despidieron de Silvia, la odontóloga y al llegar a la casa, Ale daba vueltas y vueltas y no encontraba qué hacer con su colmillo.

Por fin encontró un cubo de plástico de esos que se introducen en el refrigerador donde hacen hielo. Lo perforó, introdujo el colmillo con un poco de agua y lo selló nuevamente antes de ponerlo en congelación en el refrigerador nuevecito que tenían sus padres.

– Ahí lo voy a dejar mientras pienso qué hacer con él, les dijo. No me lo vayan a botar por favor.

La euforia del colmillo pasó y todo se olvidó. Con el correr de los años, el compañero de piano de Ale, que había escrito muchas y bonitas canciones, enfermó y estaba en una situación difícil, delicada.

Por supuesto que los avances de la ciencia habían sido grandes y el país contaba con nuevos y muy buenos especialistas, pero se requería siempre de algo especial que muchas veces es difícil encontrar.

Las noticias de prensa y televisión habían dado a conocer a una eminencia en terapia con células madres y en la entrevista que por mera casualidad había visto Ale, expresó que algunas veces era bien útil conservar refrigerado algún diente de leche, porque de su pulpa se podían extraer esas células que eran sumamente efectivas para curar muchas enfermedades y mencionó una de ellas: la diabetes.

Ale se levantó, corrió hacia el vetusto refrigerador.

– ¿Dónde está? Gritaba angustiado y a la vez lleno de esperanza ¿Dónde está? Díganmelo ¿Alguien botó mi colmillo?

¿Cuál colmillo hijo? Le dijo Glorita afligida.

– El que yo guardé en el cubo y puse a congelar hace mucho tiempo mamá, ¿No te acuerdas Que costó mucho para que me quitaran aquel colmillo y yo lo puse en el refrigerador y se me olvidó por completo; le dice casi llorando? Ese puede salvar a mi abuelo, mamá.

– Ay hijo, ya te entendí. Cálmate, yo te lo voy a buscar.

Con mucha paciencia Glorita empezó a sacar poco a poco todo el contenido del “Freezer” y no aparecía el ansiado cubo. Le roció un poco de agua tibia para quitar la escarcha adherida firmemente y al poco rato apareció lo que podía ser el cubo de Ale.

– Mira hijo, creo que este puede ser le dice Glorita.

Sí mamá, este es. Gracias. Ahora mamá llevemos a mi compañero con ese doctor, ya verás los resultados.

– Pero si no funciona….

No te preocupes mamá, no hay peor lucha que la que no se hace. Así me decía mi compañero, hay que tener Fe Ale, me decía y yo tengo Fe mamá.

Dos meses después, Ale y su compañero estaban dando un concierto benéfico en apoyo a las personas que requerían de algún tratamiento nuevo y de difícil acceso.

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