El día que perdió la sombra

La pasó increíble-mente bien, tanto que estando en el punto “Cero” latitud y longitud, fue capaz de colocar y dejar en completo equilibrio, un huevo de gallina sobre la cabeza de un clavo.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Siempre se quejaba y lamentaba de que todo lo perdía. Pero el día que perdió la sombra fue realmente feliz, la sonrisa en los labios le duró mucho tiempo y cada vez que se recordaba de ese momento sonreía. Parecía un loco, pero feliz.

Mario tenía muchos abriles en su espalda y sus manos, mostraban en ocasiones un temblor fino que pareciera expresión de ansiedad; pero no, era el deterioro de su añejado cuerpo.

Gustaba de la música y en muchas ocasiones cantaba en algunas reuniones familiares o de amigos, nada profesional; pero cuando nació su primer hijo le compuso una canción, que muchos años después ya no la podía cantar.

Es que he perdido un tono de mi voz, decía. Pero no importa, lo que me duele realmente es que no sé dónde lo perdí. Eso es lo triste. Siempre repetía y contaba esa historia, parecía que no le afectaba, pero, en el fondo lo lamentaba mucho.

En los últimos años se había hecho el propósito de recorrer el mundo, bueno, una pequeña parte de este. Cada año hacía un viaje a uno o dos países y lo disfrutaba mucho, gozaba siempre con sus nuevos amigos y compañeros.

Cuando fue a la mitad del mundo le fue muy bien. ¿Quién lo diría? Nadie lo motivaba para que fuera a Ecuador. Al contrario, si es un país como el nuestro, le decían. ¿Qué puede tener de bueno? Es más el viaje y el gasto. Pero Mario, ya tenía su decisión.

Se fue con una mochila al hombro cargada de energía y entusiasmo para abastecerse en el trayecto, mas, no fue necesario. Su propósito y positivismo fueron suficientes. Subió cerros, montañas y gradas interminables.

La pasó increíblemente bien, tanto que estando en el punto “Cero” latitud y longitud, fue capaz de colocar y dejar en completo equilibrio, un huevo de gallina sobre la cabeza de un clavo. Fueron tres, de todos los escogidos, los que lograron hacer esa hazaña.

Minutos después el sol alcanzaba su punto máximo de elevación sobre el horizonte y se había colocado exactamente sobre la cabeza de Mario. El calor era sofocante, quemaba la piel sin protección, pero él estaba feliz. Una sensación de levedad inexplicable, lo hacía reír en silencio, con un gozo interior sin precedentes.

Así es en este lugar, le decían. Eso les pasa a todos a esta hora y después vuelven a lo normal. Si usted se fija, su cuerpo no proyecta sombra alguna.

Mario extendió sus brazos y no observó nada, levantó una pierna y tampoco producía lo más mínimo de sombra. Pura física, dijo, el sol cayendo perpendicular sobre mi cuerpo, es lógico.

Cuando regresó a su paisito, lo primero que hizo fue enmarcar su diploma para recordar ese viaje y en particular el día de ese evento. Mucho tiempo después, aún conserva en los cuatro costados de la sala de su casa, el diploma enmarcado en pan de oro, cual castillo de la tierra de los zares. Cubrió los cuatro puntos cardinales con las copias respectivas.

La sensación de levedad la perdió; el sol ya no quema, nunca pudo repetir la hazaña de colocar un huevo sobre la cabeza de un clavo sin evitar su caída; pero Mario sigue sonriente, porque cuando está con sus amigos a cualquier hora del día, él no genera sombra alguna, pero ellos y cualquier otra persona sí. Los rayos del sol lo traspasan o él los absorbe. Nadie sabe qué pasó desde el día que perdió la sombra.

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