El bote de cristal

Abordaron la lancha y se dirigieron a la orilla del mar, mientras el sol se despedía con su ocaso impresionante en el horizonte lejano al final del atardecer.

 

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa.

Era una tarde hermosa, la brisa marina alborotaba el cabello de los navegantes mientras se disponían a descender al bote de cristal que los llevaría a su último viaje. El mar estaba tranquilo, el cielo despejado y los deseos de todos, queriendo emerger para ver los secretos de las profundidades del mar.

Por fin, el capitán dio la orden para que se descendiera al bote. Uno a uno iba bajando las pocas escalinatas hasta llegar al fondo. Se acomodaron los asientos y cada quien tomó la mejor posición para disfrutar del evento.

A medida que se iba avanzando mar adentro, las imágenes del suelo empezaron a mostrar sus maravillas: los arrecifes era simplemente hermosos. La diversidad de formas caprichosas daba la impresión de estar en una ciudad submarina, con sus callejuelas de arena blanca producto de la erosión por corrientes internas.

De pronto el bote se detuvo y se empezó a ver una cantidad de peces de múltiples colores y diferentes tipos. Se paseaban de un lado a otro exhibiendo sus colores y formas poco comunes.

A lo lejos se divisó solitario un pez grisáceo, con aletas y cola color naranja y con una línea azul que resplandecía en su lomo. Tras él iba una tortuga inmensa que se acercó como confirmando la presencia de los navegantes.

El pequeño Ale, uno de los cuatro niños del grupo la saludaba muy contento con su mano derecha y le gritaba: hola tortuguita, hola. Ella seguía su curso como ignorando todo ante el bullicio interior. Se oían gritos de felicidad por todos lados cada vez que se veía un pez o un cardumen haciendo piruetas en las aguas profundas.

Todos estaban tan inmersos en sus visiones que nadie se percató de que el piso del bote estaba a punto de impactar sobre la cima de un volcán interno cubierto de corales, hasta que se dio el impacto.

El capitán, asombrado corrió a ver a sus navegantes y descubrió que se había dañado el fondo del bote de cristal y se estaba inundando. El agua entraba rápido por las fisuras y el caos se estaba generado rápidamente por la angustia.

Poco a poco empezaron a subir la escalera los que estaban más cerca de ella. Ale y su madre estaban casi al final del otro extremo y era casi imposible que lograran llegar antes de la inundación completa.

En un momento de desesperación, Ale comenzó a golpear el fondo del bote tratando de producir un espacio, una salida que fuera más rápida.

– ¡No hijo!, le dijo su madre, se va a hundir por completo el bote

– Sí, mamá, pero tal vez tengamos más probabilidades de salir de esta forma.

Le dio otro golpe con sus pies y un cuadro completo se despegó del piso del bote. El agua entró veloz y Ale a penas le alcanzó a decir a su madre:

– Sígueme mamá, no te preocupes, sígueme y confía en mí.

Ya no había otra alternativa, eran los únicos que no tuvieron acceso a la escalera. Salieron rápidamente y como buenos nadadores iban hacia la superficie cuando la tortuga que acababan de ver, pasó veloz debajo de ellos. Ale y su madre se agarraron firmemente del quelonio y en unos instantes estaban respirando agitadamente en la superficie del mar viendo en todas direcciones en busca del resto del grupo.

El ruido de un motor que se acercaba les llamó la atención y pronto descubrieron que todos estaban bien, algo asustados, pero, estaban bien.

Abordaron la lancha y se dirigieron a la orilla del mar, mientras el sol se despedía con su ocaso impresionante en el horizonte lejano al final del atardecer.

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