El aprendiz de mago

El aprendiz de mago corrió a ver quién llamaba y al momento de abrir, sintió que un pequeño, bonito y muy agradable cabrito, lo empujaba con su cabeza.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Foto: Pixabay.

Tenía diez años cuando comenzó con sus prácticas de magia. Utilizó todos los elementos que iban en el estuche que su padre le había regalado. Eran aparentemente trucos sencillos de magia que no implicaban riesgo alguno.

El que más le gustaba hacer, era el de la bolita roja, pues la hacía desaparecer y aparecer sin que nadie sospechara o evidenciara el truco.

Un día se puso a ensayar un juego nuevo para él, que no se entendía muy bien cómo debería de realizarlo. Leyó varias veces las instrucciones para que todo le resultara sin ningún error.

Todo estaba listo y a punto de iniciarlo cuando llegó su primo, quien era apenas un año menor que el aprendiz de mago. Este le explicó todo con sumo detalle antes de dar inicio; incluso le dio algunas recomendaciones del qué hacer en caso de algún error o problema.

Eran las dos de la tarde, el sol estaba intenso y producía un calor algo desesperante. Recién habían almorzado el pequeño y simpático niño de ojos color café y cabello castaño oscuro. Sus ágiles dedos y rápidas manos se frotaban entre si, ansiosas por desarrollar su mejor actuación.

Todo estaba listo. Primero hizo desaparecer a un conejo blanco que tenía en el sombrero de copa. Usó su varita y dijo las palabras mágicas pertinentes, no las de abracadabra que todo el mundo conoce, no; ahora tenía unas palabras nuevas que, apenas unos minutos antes había conocido.

¡Nada podía fallar! Únicamente tartamudeaba al decir la palabra mágica que, para que fuera eficaz, tenía que repetirla un número determinado de veces y eso, eso era lo que él desconocía.

El pequeño la repitió tres veces, por eso de que la tercera es la vencida, pero no; luego cuatro: brosoica, brosoica, brosoica, brosoica y nada. Se cansó del juego y lo tiró. ¡No sirve, dijo!

En ese momento llegó su compañero y recogió todas las partes del juego que estaban en completo desorden.

Hoy voy a probar yo. Vamos a ver.

Tomó la varita mágica y comenzó a repetir: brosoica, brosoica, brosoica, brosoica y nada. Lo repitió más rápido otra vez: brosoica brosoica brosoica brosoica brosoica brosoi cabrosoi y cuando llegó a la sexta vez, tocaron la puerta produciendo un sonido similar al que producía la varita mágica.

El aprendiz de mago corrió a ver quién llamaba y al momento de abrir, sintió que un pequeño, bonito y muy agradable cabrito, lo empujaba con su cabeza.

Muy sorprendido, estupefacto y con la voz temblorosa le dijo: primo, ¿eres tú? Dime algo.

El pequeño cabrito, simplemente se limitó a mover su cabeza de arriba para abajo y de pronto dejo escapar un balido triste, muy melancólico.

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