¡De eso, no hay en el cielo!

Por fin, una tomó un papel y lo olfateó; ¡uf este no es mío!, dijo. Tomó el otro: ¡Ah, este sí!, y así, las tres olfatearon y recogieron lo que habían tirado y en medio de su traje de lana pura lo escondieron y regresaron junto al rebaño.

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely

Cierto día, un pastor llevaba a su rebaño a caminar y a que conocieran nuevos lugares; muchos, muy hermosos, donde el viento soplaba fuerte y los ojos podían ver y explorar todos los rincones del mundo.

Llegaron como a cuatro mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar, el frío era intenso y hacía temblar el cuerpo de las ovejas, aun con toda su cubierta de lana, pero sus patas estaban mucho más expuestas a las bajas temperaturas.

El sol brillaba en lo alto, iluminando todo el paraje que adquiría una magnitud casi infinita, mientras las nubes se acomodaban sin parar en aquel cielo profundo.

Frente al rebaño y su pastor, en la lejanía, se erguía imponente una inmensa montaña de roca oscura, casi negra, al que los lugareños llaman Rumiñahui, en honor a un valiente que defendió esas tierras.

Era un lugar casi sagrado, muy protegido, donde todo debía permanecer en su estado natural sin que nada ni nadie, alterara esa disposición de las cosas.

El pastor condujo a las ovejas mostrándoles los diferentes tipos de plantas que crecían a esas alturas, muchas de ellas, además de hermosas, tenían propiedades curativas; como la genciana, que lucía un color violeta en sus flores que embellecía aquella tierra árida.

Otras como la valeriana con flores de color blanco y rosado muy vivaces, contribuyen a embellecer las faldas del majestuoso volcán, cuya cima permanece cubierta de nieve y se puede visualizar cuando las caprichosas nubes lo permiten.

Algunas ovejitas comieron a escondidas de esas y otras plantas, mientras su pastor permanecía estupefacto observando el copo de nieve del Cotopaxi cuando las nubes fueron arrastradas por las ráfagas de viento que sacudían a cualquier ser viviente. Cuando el pastor salió del espejismo, algunas ovejas ya habían empezado a manifestar los efectos de las plantas que comieron.

Las que habían comido valeriana, descansaban tranquilas, casi dormidas bajo el sol que quemaba sin arder, inmersas en la tranquilidad y grandeza del lugar. Pero hubo tres ovejas, que comieron otra planta prohibida que, al ingerirla, estimulaba los riñones y se producía más orina que lo normal.

Las tres buscaron un escondite donde pudieran expulsar toda la orina acumulada. Tras unos arbustos y fuera de la vista del resto del rebaño saciaron su necesidad. Se incorporaron luego al grupo con su carita alegre, sonrientes, como si nada hubiera ocurrido. Cuando el pastor recogió a su rebaño para emprender el regreso, vio que unas ovejas habían dejado una basura sobre las hierbas.

Enojado les dice a las tímidas e inocentes ovejas: bien sabían que este, es un lugar protegido y nadie tiene que tirar basura que pueda alterar el estado de esta naturaleza tan bella.

Las tres ovejitas muy responsables y avergonzadas, corrieron a recoger cada una lo que habían tirado; pero su gran problema fue, al momento de identificar cuál era el que cada una había utilizado para secar su intimidad.

Por fin, una tomó un papel y lo olfateó; ¡uf este no es mío!, dijo. Tomó el otro: ¡Ah, este sí!, y así, las tres olfatearon y recogieron lo que habían tirado y en medio de su traje de lana pura lo escondieron y regresaron junto al rebaño.

Nadie se había percatado, ni mucho menos el colérico y estricto pastor, que en una roca distante, un cabro montés había observado todo, y cuando las ovejitas olfateaban para reconocer su basura generada, con su cabeza viendo hacia lo alto decía: ¡de eso no hay en el cielo!

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