Como pan caliente

En ese momento, Jorge es sacudido por una descarga eléctrica. Su cuerpo se mueve, vibra, salta y en el trazo de su electrocar-diograma, solo se visualiza una línea recta.

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

La familia, amigos y uno que otro curioso, hacían cola para escucharlo. Era increíble el cambio que había sufrido. No concebían a Jorge hablando de la palabra, sobre todo, porque el whisky y otras bebidas habían constituido gran parte su historia.

En los últimos días no se apartaba por ningún motivo y conservaba siempre a la par de su cabeza, una biblia. La utilizaba para bendecir a cada persona que se acercaba para saludarlo y satisfacer su curiosidad.

Les contaba todo lo que había visto y sentido en su agonía; pero antes de iniciar su relato, respiraba profundo, cerraba los ojos, luego, los abría y miraba hacia el cielo falso del hospital, pero su mirada se prolongaba hasta el infinito y más allá, entonces, comenzaba diciendo: ¡Cuánta neblina! Con razón la visibilidad es poca, pero qué raro, ¿por qué hará tanto calor, si en la Puerta del Diablo es fresco?

¿Dónde estoy?, preguntaba, mientras gesticulaba con sus ojos acomodándolos para ver mejor.

– Jorge, Jorge, me dijo Miguel. ¿Cómo estás? ¿Qué te pasó?

– ¿Qué te pasó? y yo qué voy a saber. Solo recuerdo que estaba viendo un paciente, una niña de seis años que tenía reflujo, cuando el papá de ella me miraba con unos ojos de fuego, rojos y brillantes.

No sabía si era un duende o el mismo diablo. De pronto sentí un vértigo y me encuentro aquí contigo. Pero, me alegra mucho verte. ¿Qué te habías hecho? Tenía muchos años de no verte. ¿Qué tal tu hermana, siempre está buena?

– Ya veo que no se te quita lo mujeriego. Aquí te vas a dar gusto.

– Y ¿cómo tengo la presión? Me acuerdo que cuando me dio el mareo la tenía hasta el sereguete: 200 sobre 110.

– Una verdadera crisis hipertensiva, dijo Miguel. ¿Y no estabas en control?

– Bien, pero como ves, los médicos somos descuidados con nosotros mismos.

– Lo mismo me pasó a mí, pero mi error fue el accidente. Fue terrible, todo pasó en un segundo y aquí estoy como pan caliente, pagando en este averno todos los errores de juventud. ¡No tuve tiempo para nada!

– Me estás diciendo entonces que yo estoy…

– Sí, exacto, si estás conmigo, es que estás…

En ese momento, Jorge es sacudido por una descarga eléctrica. Su cuerpo se mueve, vibra, salta y en el trazo de su electrocardiograma, solo se visualiza una línea recta. Aléjense, dice una voz ronca, pausada y segura. Va otra descarga.

Una vez más el cuerpo de Jorge se zarandea, estremece y grita en silencio inmerso en lo desconocido.

– ¡Sigan hombre, no me abandonen! ¡Denle con ganas, todas las veces que sea necesario!

La voz ronca y segura vuelve a decir: aléjense y si pueden orar, háganlo. El colega está por dejarnos.

– No colegas, amigos, compañeritos de siempre. Yo no me quiero ir; quiero volver y quedarme en este mundo con mis seres queridos, yo sé que hay mucha violencia, delincuencia y todos los días se mueren muchos paisanos; pero, tengo que decirle a mis familiares que los quiero mucho. Hace días, meses tal vez que no se los digo y eso es muy importante; además, tengo mucho que dar todavía a mis pacientes y sobre todo a las letras. Tengo mi cabeza rebalsando de ideas y proyectos literarios. Quiero seguir reuniéndome con mis amigos, los médicos escritores y leerles mis cuentos llenos de picardía; aquellos para los adúlteros mayores de mentalidad abierta. Tengo uno bueno que Hugo, seguramente me va a decir: ¡Puta doctor, ahora sí! Ese cuento está bien logrado. ¡Qué suerte de estar en ese grupito, cómo la pasamos de bien cuando nos reunimos!

En ese instante la voz ronca y pausada se estremeció y dijo: ¡Solo eso faltaba!, que se fuera la luz. Más bicarbonato y adrenalina ¡Rápido!

La ansiedad se apoderó del Galeno en pleno proceso de reanimación, pero en unos segundos todo volvió a la normalidad. Mientras tanto, Jorge se sentía mal, se veía mal y no era para menos. Su situación estaba crítica y había empeorado con el apagón.

– ¿Qué está pasando? No puedo respirar. Paco amigo, llama al neumólogo, el de la boina negra que solo se la quita para bañarse; a Luis, sí; el que toca la guitarra magistralmente, tal vez ayude a que las cuerdas tendinosas de mi atolondrado corazón produzcan ruidos musicales y mejoren este ritmo desordenado y peligroso que me mata. Él tiene un cúmulo de conocimientos. ¡Por el amor de Dios Paco! ¡Has todo lo posible! En ese instante, el cuerpo de Jorge es sacudido por tercera vez con otra descarga eléctrica. Se retuerce, dobla y salta hasta quedar en calma. Paco, el médico que lo asiste, fija su mirada ansiosa y vehemente en el monitor portátil que está en el piso.

¡Por fin!, dijo la voz grave ya recuperada de la ansiedad. El ritmo caótico de ondas pequeñas, rápidas y desorganizadas del corazón de Jorge, mostraban el surgimiento de ondas que tendían a la normalización.

¡Uf! Dijo Paco, Ahora sí, al fin regresó el colega.

– Y aquí estoy, contando el cuento a todos ustedes.

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