Un apacible final

Fue acercándose poco a poco, se sentó en la banca apoyando los codos en el respaldo, reclinó su cabeza hacia atrás viendo al cielo y la imagen de ese cielo lleno de nubes, le tranquilizó.

Por: Elsy Ch.

Caminaba por la acera, su cabeza estaba llena de pensamientos negativos, sentía furia por no saber explicar lo inexplicable, por ser herido y herir, por la existencia de un mundo que si fuera por él no lo hubiera creado.

Sus pisadas eran débiles, pues carecía de fuerza y sus pies se conformaban con arrastrarse; la gente que pasaba a penas le miraba, como si fuese un objeto entre muchos ubicados en un determinado lugar.

Hacía tiempo que Don Joaquín no hablaba con nadie ni deseaba hacerlo, al menos eso es lo que se decía constantemente intentando creerlo; su vista era cansada como si hubiese andado mil años cuando en verdad eran sesenta, estaba solo y no sabía si echarle la culpa al mundo, a su esposa y a sus hijos, a sus padres, a la ausencia de valores en la sociedad o a todo, pero no a sí mismo claro.

Sin embargo, en lo más profundo de su ser estaba consciente de sus errores y los pensamientos de culpabilidad querían torturarle, pero se esforzaba por retenerlos y en cuanto intentaban escapar se negaba a permitírselo, los había ignorado por años, guardándolos en el cajón del olvido y no era momento de que salieran a la luz.

Pero él sabía que se acercaba su hora y le mataba la incertidumbre de si podría retenerlos hasta el final o si saldrían desbocados causando en él una fuerte implosión.

Había estado en el hospital por varios meses, le aplicaron quimioterapias hasta que se le cayó el último de sus cabellos, a causa de un cáncer invasivo que le había devorado gran parte de su estómago y se había esparcido ya a otras partes de su cuerpo y esa mañana le habían dado el alta, pues como le dijo su médico de cabecera, ya no hay nada que se pueda hacer; ahora, solo debía esperar a la señora muerte en su casa.

“Todos sabemos que vamos a morir y solo pensamos en ello de vez en cuando, pero no es lo mismo cuando tienes la certeza del tiempo corto que queda y llevas un dolor que no te suelta día y noche, pues eso acaba con el cuerpo y con el alma, eso siento yo”, pensaba.

Siguió avanzando con paso débil por la calle, cuando observó una banquita que descansaba a la sombra de un árbol y decidió dirigirse ahí, se sentaría y dejaría que la brisa acariciara su cara, cerraría los ojos y respiraría profundo unas cuantas veces para calmar su dolor y así lo hizo.

Fue acercándose poco a poco, se sentó en la banca apoyando los codos en el respaldo, reclinó su cabeza hacia atrás viendo al cielo y la imagen de ese cielo lleno de nubes y de esas nubes que avanzaban por encima de las ramas de aquel árbol, le tranquilizó, le hizo sentir que volaba al cielo, que se mezclaba con la inmensidad, como si su alma abandonara el cuerpo y se mezclara con el espacio sin fin.

Su mente relajada y su cuerpo recostado cómodamente le hicieron dormir por un rato y así se quedó dominado con un sueño profundo, alejado al fin del dolor, con el pensamiento en el infinito y su alma volando hacia el sol.

Opciones para compartir nuestro contenido